POST.4
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Aggg!!!! Mamá !!!!!, ¿pero qué te está
haciendo papá?
Esto nunca le sucederá
a un Kinderlos-binki. Alguien sin
hijos y con mucha pasta nunca pasará por esta experiencia traumática, la
experiencia de que cuando estás haciendo eso
(sí, eso, ya sabes), entre sigilosamente un
enano de siete años y os vea practicando lo mismo que los perros en el parque, y
que a él le da tanto asco.
Es terrible. Terrible.
Porque mira que es mala suerte que después de tardar días, incluso semanas, en
que tengas oportunidad y fuerzas para eso,
cuando has esperado a las tantas de la madrugada para ver si el enano
desgraciado ya está dormido, pues nada: de repente te aparece en el peor
momento. En el momento clave, no en los prolegómenos de los besitos y demás,
sino en el peor momento, con la reiterada historia de que tiene sed.
Sed, sed la que te
entra a ti, porque se te queda la boca y la garganta secas y no sabes qué
contarle.
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No es nada, Borja. No es nada. Es que
tengo un grano ahí y papá me lo estaba quitando.
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¿Un grano ahí? ¿Y con qué te lo está
quitando? Mis amigos se quitan los granos con la mano, apretando. Pero papá no
usa las manos.
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Bueno, a veces también usa las manos.
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Borja, vete a la cama de una puñetera
vez. Es tu madre la que me estaba quitando el grano a mí, que me está
reventando de la mala leche que me entra.
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Papá, no me grites. ¡Buaahhhhhh!!!!
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Alejandro, por favor, no le grites al
niño, que el pobre no tiene la culpa.
Claro que no, angelito.
Él no tiene la culpa. La tienes tú por meterte en negocios ruinosos, como ese
de ser padre o madre.
El caso es que, después
de la experiencia traumática, si antes tenías eso
racionado porque había que dejar preparada su ropita, su mochila, la nota para
la seño de mates, para el profe de lengua, la merienda del recreo, … porque
había que obligarle a hacer pis antes de acostarse para que no se mee por
enésima vez en la cama, a cepillarse los dientes –que terminas cepillando tú,
de la rabia que te entra-, porque había que leerle el cuento de rigor, y encima
dramatizarlo haciendo el payaso, … después –digo- de la experiencia traumática
de la cazada in fraganti por tu hijo
de siete años, el racionamiento sexual se convierte en ayuno, que ríete tú de
los votos cartujos, benedictinos, trapenses o cistercienses juntos.
A las mamis les entra
la paranoia. A los papis el agobio, porque la cosa freudiana de matar al padre
tiene mucho que ver con la historia edípica u otra mamarrachada mitológica.
No hay color respecto a
la vida sexual y sensual de una parejita binki
& Kinderlos. Que no. Nosotros los binkis
nos lo montamos cuando queremos y donde queremos. ¿En la cocina? Pues vale. ¿En
el comedor? Vamos allá. ¿En el garaje? Un poco guarrillo, pero que no se diga.
¿Antes de comer? Mejor, que así hay más chorro de sangre que no va al estómago
y sí va a otro sitio.
Es una verdad
científica incontrovertida e incontestable: la vida sexual de los papás es a la
de unos no-papis lo que la música militar es a la música sinfónica. ¿Qué digo
sinfónica? Filarmónica.
Y eso,
¿cómo se valora económicamente? Pues muy mal. Es decir, si a cada tiki-taka
que dejas de consumar le aplicas los precios de mercado –se supone que de
primer nivel-, al final es una pasta gansa. Según diversas universidades
norteamericanas de la costa este, la vida sexual de una pareja con niño (y no
digamos con dos niños) viene a suponer como mucho la cuarta parte de la de una
pareja Kinderlos-childfree. Una ruina,
la ruina padre en términos de coste-oportunidad. Y, encima, como la gente no se
alivia por ahí, resulta que gastan más en ansiolíticos, somníferos,
tranquilizantes, jalea real, vitaminas, estimulantes y otros productos sustitutivos,
siempre meros sucedáneos de las endorfinas que se liberan haciendo eso, que Borjita ha cortado a la
mínima expresión.
(En el fondo, tener un
niño es el anticonceptivo natural más barato del planeta. Esto da para pensar
un rato).


