martes, 1 de enero de 2013



POST 14
¿Soy una mala madre? Por encima. Me está bien empleado, por tonta.

 

Me avisan del cole. El niño ha vomitado y tiene fiebre. Ya no le veía yo buena cara por la mañana, pero a ver qué haces cuando estás pillada entre el jefe de personal, los informes pendientes y con tu marido trabajando a 600 kilómetros. ¡Viva la flexibilidad y la conciliación!

Si me lo tengo merecido, por tonta. Que no está el país para ser madre. Nadie te ayuda, y encima tienes que oír y callar.

-         Carmen, Carmen. Es que no estás centrada. Fíjate en Tamara, como lo da todo, como se entrega.

Claro. Tamara lo da todo y se entrega toda. Todito lo da, no me extraña, tan lozana. Yo, sin dormir y siempre al galope, ¿qué voy a dar? Lástima. Eso. Lástima.

Tengo el corazón a mil. Me he tenido que fugar de la empresa para recoger al niño. Aquí nadie ayuda, ni la Ministra de la Conciliación de Pacotilla. Bla, bla, bla. Si lo llego a saber antes … Me siento como un prófugo del ejército en medio del asalto del enemigo. ¿Y por qué tengo que padecer esta sensación de culpabilidad? Maldita sea.

Llego. Recojo a mi tesoro. Arde. Voy a parar en la farmacia antes de nada. ¡Leches! Nunca hay para aparcar. Nada, lo dejo aquí en doble fila. Es un minutito.

-         Miguel, ¿estás algo mejor?

-         Sí, mamá.

-         Escucha. Quedas en el coche mientras compro la medicina de la fiebre en la farmacia. Vuelvo enseguida. ¿Vale mi amor?

-         No, no quiero quedar solo. Voy contigo.

-         No, no puedes. Es un minutito de nada.

-         Buahhh.
 
 

-         No llores Miguel. Es un ratito. ¿Luego te compro un dino? ¿Sí?

-         Vale –dice enfurruñado.


Pongo las luces de emergencia. Al fin y al cabo es una emergencia. Salgo pitada hacia la farmacia, pero cuando estoy llegando, del portal anexo sale una pareja de jubilados que se acerca a la botica.

-         Oh, no.

No, no y no. Jubilados de primera hora de la mañana no. Tienen todo el tiempo del mundo para explicarle a la farmacéutica lo que les duele y no les duele, y para que la farmacéutica les explique a ellos cómo se toman las pastillas y se diluyen los polvitos del sobrecito.

Corro. A ver si les adelanto. Casi, pero no. Cuando quieren son ágiles como gacelas.

Efectivamente los jubilados comienzan a contar su vida. Él, que si se tiene que levantar a hacer pis durante la noche cada media hora, y que si eso no será un efecto secundario de la Viagra. Su mujer le tira de la chaqueta y él se enzarza con ella diciendo que no hay que avergonzarse, porque en el programa matinal de “Vivir con salud” ha dicho una sexóloga que eso es bueno, que es natural –con 85 tacos-, y que si ella –la jubilada- no está de acuerdo, haberlo pensado antes de animarle a tomar la dichosa pastilla.

Me desespero. Me decido a colarme. Total sólo quiero un Apiretal. Le hago señas a la farmacéutica, pero como no soy tan buena cliente como los jubilados hace como que no me ve. Salgo un momento para ver si pasa algo con el coche y con el niño. Me acerco a verlo por la parte trasera. Está bien.

Regreso tan rápido como antes a la farmacia. Ha llegado otro jubilado. Dios mío, ¿pero no tienen otra cosa que hacer?

-         Perdone, estaba yo detrás de estos señores. Es que tengo un niño con fiebre en el coche.

-         Pues ahí no puede estar el coche. Molesta. Ayer la grúa se llevo dos mientras estaba aquí sobre esta hora.

-         Sería una casualidad.

-         Sería. Pero yo de usted lo quitaría de ahí.

El jubilado de la Viagra sigue explicando que nota como unas gotitas que se le van a salir, y que al ir al baño sólo le sale una, y eso haciendo fuerza. La farmacéutica le dice que es mejor que consulte con su urólogo, pero el jubilado le responde que va a probar una semana más, que a lo mejor es que no está adaptado. Le pregunta si es mejor que se tome la pastilla a diario,  antes o después de cenar. La farmacéutica le dice que mejor en días alternos y después de cenar, pero que no cene mucho, porque si el estómago trabaja entonces la cosa se complica y no hay presión suficiente.

Lo que hay que oír. Voy a intentar pedir mi Apiretal para el niño, pero la jubilada se pone a cuchichear con la farmacéutica.

-         Lo mejor para eso es un gel lubrificante. Ahora le traigo uno.

-         ¿Y lo cubre el seguro?

-         Pues no, Doña Virtudes. No lo cubre.

-         Entonces deje. Me llevo unas pastillas de las mías para dormir. Me las apunta, porque desde que este hombre quiere fiesta es que no pego ojo. Ay, hija, que ya no estoy en edad.

Pues quién lo diría con los abueletes. El otro jubilado se intenta colar. Le voy a cortar pero me suena el móvil. Es Tamara. Tengo que cogerlo.

-         ¿Sí?

-         Carmencita, ¿pero dónde estás? Don Alberto te anda llamando por un pedido que no se ha entregado.

-         Es que me han llamado del colegio, porque tenía al niño con fiebre.

-         ¿Otra vez?

-         ¿Cómo que otra vez? Si desde antes del verano no tuvo nada.

-         Pero es que siempre tienes rollos con el niño. Es que así los demás tenemos que hacer lo que tú no haces. No hay derecho.

-         Tamara, por favor, es un momento. Hazme este favor. Entra en mi ordenador y allí lo encuentras. Está en la carpeta de pedidos, y dentro hay subcarpetas por meses. No tiene pérdida.

-         Te la estás jugando, Carmen. Mira, tú no eres la única que tiene un hijo. Por ejemplo Dolores, la de garantías, tiene una niña y no se escaquea tanto como tú.

-         Es que Dolores tiene chica en casa, pero a mí no me alcanza.

-         Lo que tú quieras, pero ella se ha buscado la vida. Te lo hago por esta vez.

-         Gracias. Eres una amiga.

Maldita pécora. Seguro que le va con el cuento a Don Alberto. Y por encima el otro jubilado se ha colado con todo el morro.

Entonces oigo un claxon fortísimo. Salgo de la farmacia. Es un autobús que no puede pasar por culpa de mi coche. Los coches de detrás también comienzan a pitar. El otro jubilado ya termina y me toca a mí. ¿Qué hago? ¿Salgo o pido el Apiretal? Pido el Apiretal. Lo primero es mi hijo, que hijo sólo hay uno en la vida, porque la experiencia es como para repetir.

-         ¿En qué formato? –pregunta la farmacéutica.

-         ¿Cómo en qué formato? Pues en el normal para un niño de cuatro años.

La farmacéutica va a buscar el Apiretal. Entonces la llaman a ella y atiende la llamada.

-         Mire, es que tengo prisa. Tengo el coche en doble fila y al niño dentro.

-         Pues debe tener cuidado con eso. Espera que ahora te llamo yo. Tengo una clienta con prisa. Sí. Sí, que llamo yo. Es que faltaban varias cosas en el último pedido. No, no tengo aquí la lista. Ya llamo en un minuto, ¿conforme?

 Y asomo la cabeza. Ya ha llegado un guardia. Parece estar avisando a la grúa. Se acerca otro guardia. Ay, Dios mío.
 
 

-         Señora. Su Apiretal.

-         Vengo ahora, un momentito por favor.

Salgo como el rayo. El niño está llorando como un loco, rojo y sofocado. Sus gritos se oyen fuera. Patalea. Los guardias hablan de romper la ventanilla para sacarlo del coche.

-         No, no. Ya estoy aquí.

-         Pero señora, ¿qué ha hecho? ¿Cómo deja al niño aquí solo? ¿Pero qué clase de madre es usted?

Me controlo. Me controlo. Contrólate, Carmen. Contrólate. Debiera haber ido a clases de yoga como Tamara, pero no puedo, no tengo tiempo y el dinero del yoga se va en la clase de natación del niño. Si aún por encima resulta que soy una mala madre. Tengo ganas de llorar, de gritar, de llorar y gritar, y de arañar al guardia.
 
 

-         Es que tengo al niño con fiebre y he tenido que parar en la farmacia.

-         Pues peor, ¿cómo deja solo a un niño enfermo? ¿Le parece bonito? Y encima montando este bote. Mueva el coche y deténgase luego en aquel vado, que vamos a ponerle una receta y el enganche de la grúa.

-         ¿Qué grúa? No veo ninguna.

-         La que viene de camino. Es que nunca escarmientan.

Oh, no. El móvil vuelve a sonar, y es el número de la secretaria de Don Alberto. La muy zorra de Tamara se lo ha dicho.

-         Mueva el coche. Venga, venga.

Abro la puerta del niño. Le doy un beso.

-         Mami, mami, ¿por qué no venías?

-         Nada mi amor, ya estoy aquí. Tranquilízate.

Cierro su puerta. Abro la mía. El móvil sonando. Don Alberto. Maldita Tamara. Cuelgo. Oh, cielos, ¿qué tontería he hecho? Son los nervios. Se me cae la llave entre el asiento y el freno de mano. No la doy cogido. El móvil vuelve a sonar. Don Alberto. No, por favor. La llave. No la doy cogido. Suena. Suena. Qué asco de musiquita. Mi corazón: bum-bum, bum-bum.

-         Mami, ¿qué haces?

-         ¡¡¡¡¡ Nada !!!!! No hago nada !!!!!!

El niño vuelve a llorar. Bajo del coche para ver si alcanzo la llave. El móvil sigue sonando. No puedo colgar de nuevo. Sería el final.

-         Pero señora, ¿qué hace? ¿No le he dicho que mueva el coche? Y tranquilice a ese niño, que se está poniendo muy colorado. Habrase visto.

-         Ya voy, es que se me ha caído la llave.

El móvil suena. El móvil suena. El móvil suena. Ya casi le llego a la llave. A ver si con un boli. ¿Dónde hay un boli? Mi reino por un boli. O por un lápiz, o por un palito. ¿Y con el móvil? El móvil suena. El niño llora. El guardia grita. No aguanto más.

-         Diga.

-         Carmen. ¿Por qué no me coge el teléfono? Don Alberto quiere hablar inmediatamente con usted. Le paso.

-         No, ahora no pue …

-         Carmen. ¿Dónde está usted?

El del autobús comienza a pitar como un loco, y después otro y otro coche.

-         ¿No está usted en el edificio? ¿Está usted en la calle? ¿Qué está haciendo?

-         Es que …

-         Es que nada. Es que nada. Menos mal que Tamara está para todo. Pero hay una cosa que ella no me puede explicar del pedido de la Schartek, y claro usted no está disponible.

-         Sí estoy, Don Alberto.

-         Mueva el coche. ¿Pero qué hace hablando ahora por teléfono?

-         Mami, vámonos mami.

-         Carmen, ¿dónde está usted?

-         Estoy en un atasco.

-         ¿En un atasco? Y ese niño que llora.

-         Es mi hijo. Es que tuve que recogerlo …

-         Mire Carmen. Ya he tenido bastante paciencia con usted. Lleva cuatro años siendo muy informal. Antes era usted más seria. Pero todo tiene un límite. ¡Se va a recoger a su hijo! ¡A las diez de la mañana! Ya que tanto le gusta recoger, recoja usted su finiquito cuando llegue. Está DESPEDIDA !!!!.

-         Don Alberto. Don Alberto ...

El guardia me grita. El otro guardia me chilla. Todos los coches me pitan. El niño llora como si fuese huérfano. Hasta los jubilados de la farmacia se han acercado.

-         Esto es una vergüenza. Y ese pobre niño. Vaya madres –dijo la jubilada víctima de la Viagra.

Y yo me quiero morir. Por tonta, tonta, más que tonta.